Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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XI

Ante la certidumbre de que se trataba de un desconocido, hubiese yo debido cerrar la ventana y recogerme en mi cuarto; y a buen seguro lo hiciera, a ser otro mi estado de ánimo. Empero, parecía que el ser que la Escritura no se atreve a nombrar y le designa diciendo Aquel que camina entre tinieblas, se había adherido a mí como la hiedra al muro, resuelto a no soltarme hasta no verme precipitada en las profundidades del abismo.

En vez de cerrar la ventana, en vez de huir, agucé el oído, en mi afán de escuchar.

Entonces, con gran asombro mío, el desconocido, con voz fresca, y melodiosa, recitó lo que sigue, como si tuviésemos que representar en presencia de un público invisible, o antes bien, como si realmente fuésemos, el uno Julieta, y Romeo el otro.

Palpitando de emoción, escuché estas palabras que del jardín subían:

¿Qué súbita claridad se difunde a través de la ventana…?

¿Es la Aurora que nace, o eres tú que te asomas?

¡Oh, bella Julieta! ángel puro y radiante

que haces palidecer al propio Febo.

Amanece, astro luminoso

más brillante que el diáfano satélite

cuya frente ciñe opalina diadema.


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