Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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XIV

Era yo la amante de sir Juan Payne.

Aquí comienza la serie de los más tristes, pero tal vez no los más culpables actos de mi vida. He prometido confesarlos a Dios y a los hombres, y lo haré con sinceridad, para demostrar que lo hago arrepentida.

Si el sentimiento de una falta no se manifestase en el corazón, nada más que a consecuencia de los sinsabores y perjuicios materiales que la misma trae consigo aparejados, no me causaría el menor pesar aquel que no llamaré primer amor mío (yo no he sentido en mi vida sino un solo amor verdadero), pero sí mi primera ofuscación. Sir Juan era un cumplido caballero, noble, generoso, cortés, y, en los cinco o seis meses que duró nuestro concubinato, no tuve más que motivos de loa para él.

La casita de Picadilly fue la mía, y cuando sir Juan venía, que era cuantas veces se lo permitían los deberes de su servicio, parecía que entraba en mi casa, y no en la suya. Los criados y el coche fueron puestos a mis órdenes, y, por el respeto que me tenían los sirvientes, colegía el que debía de merecer al amo.

Practicando en los muebles de mi cuarto la revisación que, en su curiosidad, suelen practicar las mujeres en las habitaciones que ocupan, había encontrado, dentro de una bolsa con mis iniciales, quinientas o seiscientas libras esterlinas, y en un cofrecito un aderezo de turquesas rodeadas de diamantes.


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