Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Entré en aquella bienhechora estancia con un profundo sentimiento de alegrÃa. Preñados los ojos de lágrimas de gratitud hacia sir Juan, me instalé en mi querido gabinete azul, aquel gabinete de mis ensueños, y volvÃa a ver el grande espejo encuadrado en dorado marco, que un dÃa fue objeto de una profecÃa anunciada por Ricardo.
La pobre Amanda no prosperaba. HabÃa yo sido en toda ocasión su providencia; cinco o seis veces, en mi ausencia, habÃa venido a saber noticias mÃas, y otras tantas se le dijo que ignoraban mi paradero. En una de ellas fue cuando nos encontramos frente a la puerta, al descender yo del coche que me condujo a Piccadilly.
Este encuentro, en la soledad que me rodeaba, se me antojó providencial, y propuse a mi amiga quedarse conmigo, proposición que aceptó, sin querer saber de antemano el puesto que debÃa ocupar en la casa.
HabÃa dos partidos a elegir, con respecto a mi ulterior lÃnea de conducta.
El mobiliario del hotel de Piccadilly era mÃo, puesto que sir Juan me lo habÃa regalado. Vendiéndolo, acaso obtendrÃa dos mil libras, o algo más. PodÃa, pues, realizar unos sesenta mil francos.
Si me conformaba a renunciar al mundo; al lujo, a la vida galante; si volvÃa a mi casita de Nutley, no tenÃa por qué preocuparme del porvenir; mi vida quedaba asegurada.
