Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

XXII

La imperiosa voluntad de las necesidades materiales es una de las cosas más humillantes para nuestra mísera especie humana, en lo que ella denota la fragilidad y las dolencias.

He hablado ya del cambio que en mí había operado aquel cálido baño, aquella suave atmósfera; una cena delicada, ofrecida por mi desconocido con todos los miramientos que habría podido dispensar a una duquesa, acabó por comunicarme todo el bienestar y toda la serenidad compatibles con mi precaria situación.

Restábame solamente conocer lo más importante, esto es, la índole del negocio que tenía que proponerme; pero la cena terminó sin haberme dicho una sola palabra.

El incógnito personaje se había mostrado conmigo muy respetuoso y muy cortés. Su conversación era de hombre culto y distinguido, aunque lo caracterizaba ese ligero barniz de pedantería que es común a los médicos, a los abogados, a los hombres de ciencia en general.

Terminada la cena, mi anfitrión cogió, previo permiso mío, una de mis manos, entre las suyas, y me pulsó.


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