Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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XXIII

Hay que vivir en Londres, en aquel ambiente donde flotan en revuelta confusión el pudor ficticio y el impudor real, para comprender el entusiasmo que despertó aquella exhibición humana a la cual la policía, que en todos los países del mundo civilizado habría intervenido, no oponía ningún obstáculo.

No obstante haberse fijado el precio de entrada en una libra esterlina, el público se agolpaba a la puerta y libraba verdaderas batallas por entrar en el salón, que cada noche se llenaba de bote en bote, donde el doctor Graham celebraba sus sesiones.

Apenas la estancia quedaba desalojada el doctor me despertaba, me vestía, cenábamos juntos, y cada uno se retiraba a su habitación.

Cúmpleme manifestar que nunca durante los dos o tres meses que viví a su lado, me dirigió el doctor una sola palabra que no fuese de simpatía y de respeto.

He jurado a Dios no ocultar nada, hacer penetrar al lector en los más recónditos secretos, no diré del corazón de la mujer, sino de una mujer. El propio Rousseau, en sus Confesiones, ha descrito, no a los hombres, sino al hombre; y sus Confesiones, a pesar de la peregrina tesis que sostienen, son consideradas un buen libro. Bien quisiera yo escribir uno que fuese cuando menos émulo del de Rousseau.

Voy a hacer una confidencia.


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