Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Comprendà que, delante de Rowmney, solo procedÃa afectar mucha desenvoltura en el modo de conducirme. Adoptar un aire de reserva, después de lo que él habÃa visto el dÃa anterior, habrÃa sido una tonterÃa. Asà que, cuando le vi entrar, me levanté y fui a tenderle la mano, sonriéndole como se sonrÃe a un antiguo conocido, y dándole al propio tiempo la bienvenida.
—A fe mÃa, querida Emma —me dijo—, que me está usted reservando toda suerte de sorpresas. Tres veces la he visto a usted; las dos primeras, pensé que no era ya posible más grande hermosura. Me engañaba. Por lo visto, estoy destinado a engañarme una tercera vez.
—¿Es un amante que se declara? —le respond×. En este caso, póngase usted a mis plantas. ¿Es simplemente un amigo el que habla? Entonces, siéntese usted a mi lado.
—Puesto que usted lo toma de este modo, permÃtame que le diga, que no deseo pasar a la categorÃa de amigo, hasta no haber perdido la esperanza de alcanzar una posición más brillante aún que la actual. MÃreme a sus pies, Emma, y aseguro que es usted, en verdad, la más deslumbradora belleza que he visto en la tierra, y que en mi vida solo habrá un dÃa más feliz que este en que le digo: Emma, déjeme usted amarla, y será aquel en que usted me diga: Rowmney, yo le amo.
