Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Creo haber explicado lo suficiente el sentimiento que me unía a sir Carlos.
Por lo pronto, era la convicción de que me amaba de veras, la certidumbre de que me las había con un hombre honrado; luego (y acaso constituía el motivo principal) entraba esta ambición que me arrastra, que mantiene en mí el afán de los honores, del esplendor, de la riqueza. En esto me parezco a la mariposa que revolotea alrededor de la llama que debe consumirla.
Sir Carlos poseía, del patrimonio de su madre, un pequeño castillo en Escocia, sobre el Forth, entre Musselbourg y Preston-Pans, a ocho leguas de Edimburgo. En dicha propiedad hicimos alto.
Había obtenido de míster Fox una licencia de un mes, y no de ocho días, conforme era su primitiva intención. Probablemente tuvo buen cuidado en ocultar el verdadero móvil de su solicitud, tan bien acogida por el ministro.
Estas relaciones que duraron cerca de tres años y que decidieron de mi vida, son acaso, desde el punto de vista de las emociones, las más pobres en lo que atañe a sucesos dignos de ser narrados.
Con arreglo al compromiso contraído, sir Carlos me trataba como se mira y se trata a una esposa. Por mi parte, viendo en él a mi futuro marido le consideraba como si lo fuese ya.
