Historia de una cortesana
Historia de una cortesana A pie, para mostrarme sencilla en todo, me dirigí a Fleet street.
Sir Carlos tenía razón: no tuve más que preguntar por el hotel de sir Guillermo Hamilton para que me lo indicasen.
Al llegar junto a la puerta, me sentí desfallecer; me apoyé en la pared y procuré serenarme.
Lord Hamilton estaba en casa.
Un lacayo me pidió el nombre, para anunciarme. Temí que, si lo daba, me prohibirían la entrada.
—Diga usted solamente a sir Guillermo —respondí—, que una señora desea hablarle.
Aunque ya había cumplido veinticuatro años, parecía tan joven, que el criado, resistiéndose a reconocerme como señora, me anunció como una joven.
Oí la voz de sir Guillermo que decía:
—Que entre.
Puse la mano sobre mi corazón para comprimir sus latidos.
El lacayo me franqueó la puerta e invitome a entrar.
Sir Guillermo estaba sentado ante una mesa corrigiendo las pruebas de su obra intitulada Observaciones sobre el Vesubio.
Yo permanecí de pie en el umbral, esperando que levantase la cabeza.