Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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XXVII

A pie, para mostrarme sencilla en todo, me dirigí a Fleet street.

Sir Carlos tenía razón: no tuve más que preguntar por el hotel de sir Guillermo Hamilton para que me lo indicasen.

Al llegar junto a la puerta, me sentí desfallecer; me apoyé en la pared y procuré serenarme.

Lord Hamilton estaba en casa.

Un lacayo me pidió el nombre, para anunciarme. Temí que, si lo daba, me prohibirían la entrada.

—Diga usted solamente a sir Guillermo —respondí—, que una señora desea hablarle.

Aunque ya había cumplido veinticuatro años, parecía tan joven, que el criado, resistiéndose a reconocerme como señora, me anunció como una joven.

Oí la voz de sir Guillermo que decía:

—Que entre.

Puse la mano sobre mi corazón para comprimir sus latidos.

El lacayo me franqueó la puerta e invitome a entrar.

Sir Guillermo estaba sentado ante una mesa corrigiendo las pruebas de su obra intitulada Observaciones sobre el Vesubio.

Yo permanecí de pie en el umbral, esperando que levantase la cabeza.


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