Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Recordé la escena del día anterior, las miradas de sir Guillermo llenas de admiración, su voz tierna y acariciadora.

Con la carta en la mano, me acerqué a la chimenea, resuelta a arrojarla al fuego.

Sir Carlos me detuvo.

—Emma —me dijo, con firme acento—, ayer eras tú la que me infundías ánimo y era yo el que se resistía a todo cuanto me decías relacionado con el interés de nuestros hijos y el mío; hoy, soy yo quien te hablo y digo lo que vas a oír: Emma, lee esa carta y medita bien las proposiciones en ella contenidas, pues tengo la certidumbre de que encierra proposiciones, y no otra cosa. El instante es decisivo, y si ayer me creía en el derecho de disponer de mi destino y del de mis hijos, no creo que me asista ahora el de disponer del tuyo, ni la facultad de ser un obstáculo a tu porvenir y a tu felicidad.

Le miré con asombro; pero, conociendo la generosidad de su corazón, no me inspiró la menor duda el verdadero móvil de sus palabras.

—He prometido a mi tío —continuó—, dejarte en toda libertad de leer esta carta. Lee, querida Emma, y si, conforme creo firmemente, es el ultimátum de sir Guillermo Hamilton, decide de nuestra suerte.

Y, con los ojos arrasados, en lágrimas, abrazome y se fue a la alcoba, dejándome sola en el salón.


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