Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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III

Entré en casa del señor Tomás Hawarden el 20 de septiembre de 1776. Mi edad sería de doce años, o trece a lo sumo.

El señor Hawarden era un puritano de probidad reconocida, serio y equitativo en todas sus cosas. Su mujer mostrábase de condición rígida e insensible. Los niños que debían estar bajo mi cuidado eran huérfanos de madre, la cual era hija única de los esposos Hawarden y murió de una enfermedad del pecho mientras su marido realizaba un viaje por América.

Eran tres: los dos mayores tenían cuatro y cinco años; el último estaba aún en la lactancia.

El gran péndulo, semejante al del tío Tobías, parecía ser la divinidad reguladora de la casa. Todos los sábados, al mediodía en punto, se le daba cuerda, y, a favor de esta práctica, a la que nunca faltó una sola vez el señor Hawarden, la semana entera se deslizaba dentro de un método tan matemático como las oscilaciones del péndulo.

Si se me pregunta quién se encargaba de darle cuerda en sustitución del señor Tomás Hawarden, cuando este no se encontraba en casa el sábado al mediodía, responderé que el señor Hawarden, atento a la importante función que sobre él pesaba, regresaba a las once y media, si había salido, o bien salía media hora más tarde, si algo reclamaba que saliese.


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