Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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XXXV

Antes de empezar el relato de los acontecimientos políticos en que me vi envuelta, voy a dar una idea más completa de lo que era ese singular personaje ya presentado al lector y llamado lord Hervey, conde de Bristol, obispo de Derry.

Era el más joven de sus numerosos hermanos, y, habiendo sobrevivido a todos, heredó los bienes, títulos y dignidades de toda la familia.

Lord Bristol no tenía residencia fija. Cuando nos encontramos con él, hacía sobre veinte años que faltaba de su diócesis. Ni su manera de vestir ni su conversación le descubrían como hombre perteneciente a la Iglesia. Habitualmente llevaba un sombrero blanco y ropas exteriores de tonos claros unas veces, muy vivos otras; negras, muy pocas. Sus costumbres eran muy libres. Lo primero que hizo, al llegar a Nápoles, fue tomar un abono en San Carlos. No abrigaba ninguna creencia religiosa, ni siquiera en los dogmas fundamentales de la Iglesia, que era el primero en poner en ridículo; hablaba de la inmortalidad del alma con una indiferencia rayana con la duda, y solo le agradaban las conversaciones mundanas, y escuchar o contar anécdotas de color subido y hasta escandalosas.

En su primer viaje a Francia, visitó el valle del Ródano y el convento de los discípulos de San Bruno.


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