Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Bien examinado, reconocí que una asonada no era cosa tan divertida como yo me figuraba. La que había empezado colgando un muñeco, terminaba con el saqueo e incendio de una casa, y con la muerte de cinco o seis soldados y de una veintena de hombres, que no por ser unos miserables, perdían su condición de tales.

Agradecimos a M. de Launay el habernos proporcionado el espectáculo del motín y el ofrecimiento del almuerzo; pero le declaramos que la vista de aquel nos impedía continuar el otro.

Dejamos, pues, a mitad la comida ordinaria de los príncipes de la sangre, que, por lo demás, era exquisita, y regresamos al hotel más fácilmente que a la venida.

Cuando, cuatro meses después, supimos en Nápoles la toma de la Bastilla y la muerte de M. de Launay, ambas noticias nos produjeron una impresión tanto más profunda cuanto que conocíamos la fortaleza y a su gobernador.

Cuando se ha visto la altura de las torres, el espesor de las murallas, la solidez de las puertas, uno se pregunta cómo es posible que un pueblo mal armado y mal dirigido, sin cañones ni máquinas de guerra, pueda tomar una fortaleza como la Bastilla.

La pregunta es planteada hace veinticinco años, y continúa sin respuesta.


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