Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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XLIII

Había traído de Francia un montón de vestidos. Estuve perpleja sobre la elección del que debía ponerme para presentarme a la Reina. Me resolví por el más sencillo.

Uno de satén blanco, una pluma blanca en los cabellos, un chal azul claro en los hombros: a eso se redujo todo el lujo que desplegué.

No es necesario decir con cuánta violencia me latía el corazón.

Abriéronse y se cerraron alternativamente tres o cuatro puertas; por fin, abriose la última, y, sintiéndome presa de un desvanecimiento, oí decir al criado que me precedía:

—¡Lady Hamilton!

Entré sin ver nada; una nube oscurecía mis ojos; quise hacer una reverencia, me tambaleé y tuve necesidad de apoyarme en un sillón.

Sentí que me sostenían por la cintura.

—¿Qué tiene usted, milady? —me dijo una voz afectuosa.

—Perdón, señora —balbuceé—; la emoción que causa el honor tan deseado y tan esperado de encontrarme en presencia de Vuestra Majestad…

—¡Ah, Dios mío! ¿Conque, tan imponente soy?

—Es reina, señora.


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