Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Había traído de Francia un montón de vestidos. Estuve perpleja sobre la elección del que debía ponerme para presentarme a la Reina. Me resolví por el más sencillo.
Uno de satén blanco, una pluma blanca en los cabellos, un chal azul claro en los hombros: a eso se redujo todo el lujo que desplegué.
No es necesario decir con cuánta violencia me latía el corazón.
Abriéronse y se cerraron alternativamente tres o cuatro puertas; por fin, abriose la última, y, sintiéndome presa de un desvanecimiento, oí decir al criado que me precedía:
—¡Lady Hamilton!
Entré sin ver nada; una nube oscurecía mis ojos; quise hacer una reverencia, me tambaleé y tuve necesidad de apoyarme en un sillón.
Sentí que me sostenían por la cintura.
—¿Qué tiene usted, milady? —me dijo una voz afectuosa.
—Perdón, señora —balbuceé—; la emoción que causa el honor tan deseado y tan esperado de encontrarme en presencia de Vuestra Majestad…
—¡Ah, Dios mío! ¿Conque, tan imponente soy?
—Es reina, señora.