Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Si se recuerda la impresión que me había producido Ricardo el día en que me transportó a la región de las fantasías, incitándome a que me mirase en un espejo de dorado marco, se comprenderá el influjo que ejerció en mi mente la conversación habida con el pintor y su bella compañera.
No comprendía el sentido de la mitad de las palabras que entre sí habían cambiado, o que me habían dirigido; pero no era ningún misterio para mí que el pintor me había dicho que me daría cinco libras por cada sesión que le concediese para modelo, y que miss Arabela me ofrecía diez libras mensuales si quería entrar a su servicio como señorita de compañía; había comprendido, en fin, que ambos aseguraban que mi ida a Londres sería mi fortuna.
Ciertamente, no era muy elevado el puesto que me brindaba una mujer cuya condición me parecía sospechosa; pero para mí, humilde hija de una moza de labranza, para mí, pastora tres años atrás, pensionista menospreciada de la señora Colmann hacía uno y medio, y actualmente preceptora de niños con cuatro peniques por día, era un gran paso dado hacia esa prometida fortuna el percibir cien libras anualmente en vez de siete u ocho.
