Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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XLV

He aquí a nuestros dos personajes uno enfrente del otro: de un lado, la Reina, hermosa, altiva, graciosa, distinguida, delicada, sensual, algo pedante, pronta al enojo, tardía en aplacarse, despreciando a su marido por la vulgaridad de sus palabras y la debilidad de su entendimiento; del otro lado, al Rey, divertido, ingenuo hasta la ignorancia, independiente hasta la grosería, nada cuidadoso de su persona ni delicado en sus maneras, parecido, no a un soberano, no a un príncipe ni siquiera a un gentilhombre, sino a un lazzarone, a un mendigo napolitano.

Una de las cosas que causaban la desesperación de la reina Carolina, y que la obligaron a dejar casi por completo de asistir al teatro, fue el modo que el Rey tenía de conducirse en él, descendiendo a las más ínfimas demostraciones durante los entreactos.

Entre la ópera y el baile, le traían la cena al palco. Uno de los elementos de esa cena era un plato de macarrones; el Rey lo cogía, se adelantaba hacia el antepecho del palco, y con grandes aplausos de la platea, engullía el plato de macarrones a la napolitana, sirviéndose de sus dedos a guisa de tenedor, y respondiendo con saludos a las aclamaciones de los espectadores.


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