Historia de una cortesana

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XLVI

Conforme he dicho, la Reina, me había pedido mi vestido, para mandar confeccionar uno igual. Se lo envié en seguida.

Tres días después, una de sus camareras vino a decirme que Su Majestad se encontraba en el palacio real y me mandaba llamar, recomendándome que me pusiese mi chal azul.

Apenas hacía diez minutos que había llegado de Caserta, y, para que no la hiciese esperar, me enviaba a buscar en uno de los coches de palacio.

Previne a sir Guillermo de mi salida, y en el acto fui a reunirme con la Reina.

Los departamentos de María Carolina estaban en el ángulo del palacio más cercano al mar y miraban a un terraplén completamente cubierto de naranjos y limoneros.

Encontré a Su Majestad vestida con el nuevo traje que se había mandado hacer sobre el modelo del mío. La Reina llevaba una sola pluma blanca en la cabeza; el chal azul aparecía sobre un sillón.

Quise saludarla con el ceremonial de rigor; pero, después de haberme abrazado, dijo:

—¡Vamos, pronto, pronto; a vestirse!

No comprendía yo el significado de la invitación; pero la Reina me mostró mi vestido colocado en un sillón, y yo comprendí que quería satisfacer el capricho de que nos viesen a las dos vestidas del mismo modo.


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