Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Mis primeros recuerdos se remontan al año 1767, en que tenía tres o cuatro de edad. Jamás he podido saber la fecha exacta de mi nacimiento. A través de una percepción vaporosa como la niebla, véome en compañía de mi madre, efectuando una prolongada marcha por entre montañas, ora llevada a hombros, ora caminando a su lado, asida de la mano o tirando de su vestido. De vez en cuando, algún arroyo detenía nuestro paso, y entonces mi madre, cogiéndome en brazos, lo atravesaba y me soltaba al llegar a la otra orilla. Eso debía acaecer en invierno o a fines de otoño. Sentía frío continuamente, y algunas veces también me atormentaba el hambre.
Cuando atravesábamos por alguna ciudad o algún pueblo, mi madre se paraba frente a una panadería y con suplicante voz pedía un pan, que casi siempre le daban.
Raras veces pernoctábamos en poblado, pero solíamos hacerlo en las granjas solitarias, a cuyos moradores rogaba mi madre que nos permitiesen acostar en el granero o en el establo. Las noches que pasábamos en un establo, eran para mí un festín, pensando en el vaso de leche de vaca recién ordeñada con que a la mañana siguiente, antes de reanudar la marcha, solían obsequiarme el cortijero o la moza del cortijo.
