Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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LVII

Durante nuestra estancia en Caserta se cumplieron en Nápoles todos los cálculos de la Reina. Sea que Latouche-Tréville tuviese realmente necesidad de reparar sus barcos, sea que esa reparación no fuese más que un artificio y que obrase según las instrucciones secretas de la República, que eran fomentar la revolución en todos los pueblos con los que Francia se ponía en relación, sea lo que fuere, el almirante aprovechaba su presencia en la capital del reino de las Dos Sicilias, arrastrando a los patriotas napolitanos a organizarse en sociedades secretas y a preparar para la Italia meridional el triunfo de los principios que a la sazón imperaban en Francia. Sabido es que los oficiales de la marina francesa son, en general, instruidos y de finos modales. Diariamente bajaban a tierra y se diseminaban por la ciudad, donde hacían prosélitos y sembraban en los juveniles cerebros la semilla de las revoluciones, que años más tarde debían hacer correr tanta sangre. La víspera del día en que la flota se disponía a levar anclas, el elemento joven de la sociedad napolitana ofreció una gran comida a los oficiales de la escuadra. Entonáronse allí cantos revolucionarios, y entre ellos la Marsellesa, que acababa de componer Rouget de Lisie, y que tan terrible inmortalidad ha proporcionado a su autor. Se enarboló el gorro frigio y se hizo juramento de proporcionar también a Nápoles una enseña tricolor, en sustitución al blanco pendón de los Borbones. Además, todos los que asistieron a la fiesta, implantaron la moda francesa que Talma había creado en la tragedia de Titus y que consistía en llevar el cabello cortado a rape. La Reina no me hacía ninguna confidencia, pero me parecía preocupada por algo sombrío; a menudo, estando juntas ella y yo, venían a hablarle en voz baja y a decirle que la llamaban. Se levantaba en seguida sin hacer ninguna pregunta, como si de antemano conociese el motivo de aquella molestia; luego, al cabo de un cuarto de hora, de media hora, volvía, y, estrechándome la mano, me decía:


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