Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Durante nuestra estancia en Caserta se cumplieron en Nápoles todos los cálculos de la Reina. Sea que Latouche-Tréville tuviese realmente necesidad de reparar sus barcos, sea que esa reparación no fuese más que un artificio y que obrase según las instrucciones secretas de la República, que eran fomentar la revolución en todos los pueblos con los que Francia se ponÃa en relación, sea lo que fuere, el almirante aprovechaba su presencia en la capital del reino de las Dos Sicilias, arrastrando a los patriotas napolitanos a organizarse en sociedades secretas y a preparar para la Italia meridional el triunfo de los principios que a la sazón imperaban en Francia. Sabido es que los oficiales de la marina francesa son, en general, instruidos y de finos modales. Diariamente bajaban a tierra y se diseminaban por la ciudad, donde hacÃan prosélitos y sembraban en los juveniles cerebros la semilla de las revoluciones, que años más tarde debÃan hacer correr tanta sangre. La vÃspera del dÃa en que la flota se disponÃa a levar anclas, el elemento joven de la sociedad napolitana ofreció una gran comida a los oficiales de la escuadra. Entonáronse allà cantos revolucionarios, y entre ellos la Marsellesa, que acababa de componer Rouget de Lisie, y que tan terrible inmortalidad ha proporcionado a su autor. Se enarboló el gorro frigio y se hizo juramento de proporcionar también a Nápoles una enseña tricolor, en sustitución al blanco pendón de los Borbones. Además, todos los que asistieron a la fiesta, implantaron la moda francesa que Talma habÃa creado en la tragedia de Titus y que consistÃa en llevar el cabello cortado a rape. La Reina no me hacÃa ninguna confidencia, pero me parecÃa preocupada por algo sombrÃo; a menudo, estando juntas ella y yo, venÃan a hablarle en voz baja y a decirle que la llamaban. Se levantaba en seguida sin hacer ninguna pregunta, como si de antemano conociese el motivo de aquella molestia; luego, al cabo de un cuarto de hora, de media hora, volvÃa, y, estrechándome la mano, me decÃa:
