Historia de una cortesana

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LXIV

María Carolina era por temperamento, intrépida y audaz; cuando el Rey se mostraba pusilánime, tenía ella singular placer en dar una prueba de animosidad, de osadía. Aunque la atmósfera estuviese pesada, aunque el siroco, ese viento que todo napolitano mira como a un enemigo personal, soplase con violencia, Carolina me propuso, lo mismo que a sir Guillermo, que fuésemos al encuentro del peligro, por decirlo así, dirigiéndonos en coche hasta el puente de la Magdalena.

Sir Guillermo tenía el frío valor de un inglés de buena cepa, y cuando se trataba de cosas de ciencia, iba hasta la temeridad. Aceptó, pues, la proposición con alegría.

Sin participar en nada del entusiasmo científico de mi marido, sin tener el caprichoso deseo de la Reina, ávida de aventuras, no podía yo, cuando ambos iban a buscar un peligro acaso imaginario, resistirme a correr la eventualidad de ese peligro. Hubiese yo preferido, sin duda, quedarme y esperar el suceso; pero, a impulsos de la dignidad, me ofrecí a tomar parte en la excursión.

A las doce de la noche en punto salimos de palacio en carruaje.

—¡Al puente de la Magdalena! —dijo la Reina.

El cochero hizo emprender a los caballos una marcha acelerada.


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