Historia de una cortesana
Historia de una cortesana MarÃa Carolina era por temperamento, intrépida y audaz; cuando el Rey se mostraba pusilánime, tenÃa ella singular placer en dar una prueba de animosidad, de osadÃa. Aunque la atmósfera estuviese pesada, aunque el siroco, ese viento que todo napolitano mira como a un enemigo personal, soplase con violencia, Carolina me propuso, lo mismo que a sir Guillermo, que fuésemos al encuentro del peligro, por decirlo asÃ, dirigiéndonos en coche hasta el puente de la Magdalena.
Sir Guillermo tenÃa el frÃo valor de un inglés de buena cepa, y cuando se trataba de cosas de ciencia, iba hasta la temeridad. Aceptó, pues, la proposición con alegrÃa.
Sin participar en nada del entusiasmo cientÃfico de mi marido, sin tener el caprichoso deseo de la Reina, ávida de aventuras, no podÃa yo, cuando ambos iban a buscar un peligro acaso imaginario, resistirme a correr la eventualidad de ese peligro. Hubiese yo preferido, sin duda, quedarme y esperar el suceso; pero, a impulsos de la dignidad, me ofrecà a tomar parte en la excursión.
A las doce de la noche en punto salimos de palacio en carruaje.
—¡Al puente de la Magdalena! —dijo la Reina.
El cochero hizo emprender a los caballos una marcha acelerada.
