Historia de una cortesana
Historia de una cortesana MarÃa Carolina escuchó este relato, del principio al fin, impasible, sin denotar el menor signo de emoción. Después, pidió un vaso de agua.
Yo misma fui a buscarlo en el tocador, y se lo llevé. Noté que su mano temblaba y que sus dientes castañeteaban contra el cristal.
—¿Se siente mal, señora? —pregunté.
—Me parece que tengo un poco de fiebre.
Me estrechó la mano con cierto terror, y me dijo:
—Pasarás la noche conmigo, ¿no es verdad?
—LÃbreme Dios de abandonarla un solo instante; pero convendrÃa llamar a un médico.
—¿Para qué?
—Porque temo que no se encuentre Vuestra Majestad seriamente indispuesta, y un calmante bastarÃa para contener a tiempo la dolencia.
La Reina meditó un instante, y dejó caer la cabeza sobre el almohadón.
—Lo cierto es —dijo—, que no me encuentro bien; los oÃdos me zumban, y todo lo veo rojo. EnvÃa un emisario a Nápoles con una carta para Domingo Cirillo diciéndole que venga a verme mañana lo más temprano posible.
—Si Vuestra Majestad quiere que la pulse… Tengo algo de médico —dijo sir Guillermo.
—Pulse usted —respondió Carolina, alargándole el brazo.
