Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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LXXII

María Carolina escuchó este relato, del principio al fin, impasible, sin denotar el menor signo de emoción. Después, pidió un vaso de agua.

Yo misma fui a buscarlo en el tocador, y se lo llevé. Noté que su mano temblaba y que sus dientes castañeteaban contra el cristal.

—¿Se siente mal, señora? —pregunté.

—Me parece que tengo un poco de fiebre.

Me estrechó la mano con cierto terror, y me dijo:

—Pasarás la noche conmigo, ¿no es verdad?

—Líbreme Dios de abandonarla un solo instante; pero convendría llamar a un médico.

—¿Para qué?

—Porque temo que no se encuentre Vuestra Majestad seriamente indispuesta, y un calmante bastaría para contener a tiempo la dolencia.

La Reina meditó un instante, y dejó caer la cabeza sobre el almohadón.

—Lo cierto es —dijo—, que no me encuentro bien; los oídos me zumban, y todo lo veo rojo. Envía un emisario a Nápoles con una carta para Domingo Cirillo diciéndole que venga a verme mañana lo más temprano posible.

—Si Vuestra Majestad quiere que la pulse… Tengo algo de médico —dijo sir Guillermo.

—Pulse usted —respondió Carolina, alargándole el brazo.


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