Historia de una cortesana

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LXXIII

La Reina nos miró a las dos con mirada extraviada, se pasó la mano por la frente, y después, fijando la vista en la Princesa, dijo:

—He oído mal, ¿no es verdad? Usted no ha dicho seguramente: «La Reina no puede dejarle morir».

—No, señora, no —exclamó la Princesa—, Vuestra Majestad no ha oído mal; he dicho y repito: «No, no, la Reina no puede dejarle morir».

—Pero ¿quién es el que la Reina no puede dejar que muera? —preguntó Carolina.

—¡El que fue amado por ella!

—¿El príncipe de Caramanico?

—Sí.

—¿Está en peligro de muerte?

—¡Lea Vuestra Majestad, lea, señora!

Y cayendo de rodillas, la Princesa mostró una carta a la Reina.

Carolina leyó con acento áspero y castañeteo de dientes:

Querida amiga…

Miró a la Princesa con ojos que despedían fulgores.

—Lea, señora, lea —repitió esta con acento de súplica.

La Reina continuó:


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