Historia de una cortesana
Historia de una cortesana La Reina nos miró a las dos con mirada extraviada, se pasó la mano por la frente, y después, fijando la vista en la Princesa, dijo:
—He oÃdo mal, ¿no es verdad? Usted no ha dicho seguramente: «La Reina no puede dejarle morir».
—No, señora, no —exclamó la Princesa—, Vuestra Majestad no ha oÃdo mal; he dicho y repito: «No, no, la Reina no puede dejarle morir».
—Pero ¿quién es el que la Reina no puede dejar que muera? —preguntó Carolina.
—¡El que fue amado por ella!
—¿El prÃncipe de Caramanico?
—SÃ.
—¿Está en peligro de muerte?
—¡Lea Vuestra Majestad, lea, señora!
Y cayendo de rodillas, la Princesa mostró una carta a la Reina.
Carolina leyó con acento áspero y castañeteo de dientes:
Querida amiga…
Miró a la Princesa con ojos que despedÃan fulgores.
—Lea, señora, lea —repitió esta con acento de súplica.
La Reina continuó:
