Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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VII

Si el señor Jaime Hawarden había creído alejarme de la tentación, o apartar la tentación mía, colocándome entre los diamantes, perlas y zafiros del señor Plowden, se engañaba a todas luces. Aquel sabio anatomista, que leía en el pecho y en las entrañas de sus enfermos sus dolencias físicas, no había sabido leer en mi corazón la enfermedad moral que lo devoraba.

Verme obligada a tocar a cada instante tanta variedad de joyas, necesidad superflua de una verdadera mujer; colocarlas al cuello, en las muñecas y orejas de seres a quienes yo superaba en belleza, pero que venían, con sus maridos o amantes, a aquel foco de luz para brillar luego en bailes y teatros, todo eso, digo, suponía acercar la mecha a un barril de pólvora.

Diez o doce días después, el señor Hawarden vino a saber noticias mías. Se las dieron excelentes. El señor Plowden estaba encantado de mí; decía que la mayoría de los compradores que venían a comprar alhajas para sus consortes o para sus amantes, tomaban el pretexto de sus compras para verme, y que, a serles posible, preferirían de buen grado adornar mi garganta y mis brazos con las piedras preciosas que destinaban a otras mujeres.

Había no poca verdad en tales suposiciones, y, por mi parte, no me pasaba inadvertido el efecto que producía.


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