Historia de una cortesana

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LXXXIII

Al día siguiente, se celebró consejo de Estado. El Rey expuso la situación; no ocultó nada del desastre; a ser posible, habría exagerado sus proporciones.

El almirante Caracciolo, en su condición de jefe de las fuerzas navales, fue llamado a dicho Consejo. Como no había nada que temer por el lado del mar, pues los ingleses guardaban el puerto, pidió que se le permitiese reunir los soldados de marina en un cuerpo de mil o mil doscientos hombres, ponerse a su cabeza y marchar al encuentro de los franceses. Apoderándose de los desfiladeros de los Abruzos antes que el grueso del ejército napolitano llegase a ellos, podría reducir la extensión de la derrota y rehacer a los fugitivos, con el refuerzo de este nuevo contingente. Por crecido que fuese el número de soldados perdidos en los diversos combates con los franceses, el ejército napolitano debía aún ser cuatro veces más fuerte que el otro ante el cual huía.

El Rey rechazó este ofrecimiento; dudaba de la adhesión de Caracciolo y sospechaba que su objeto, queriendo organizar aquella tropa, era reunirse con ella a los patriotas.

Caracciolo se sintió ofendido con esa sospecha, que no merecía, y, retirándose antes de terminar el Consejo, manifestó que regresaba a bordo de su buque, donde esperaría las órdenes del Rey.


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