Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Fácilmente se comprenderá el efecto que en la ciudad y en las poblaciones rurales produjo la proclama del Rey y las predicaciones de curas y monjes.
Al hablar de los arrestos de jacobinos y de las ejecuciones de Manuel de Deo, Gagliani y Vitagliano, ya he dicho cuál era el espÃritu de las clases media y superior de Nápoles; pero la clase formada por los lazzaroni, que era la más numerosa, pues acaso se elevaba a cien mil almas, estaba por el Rey, y miraba a los franceses como gente impÃa, herética y excomulgada.
La proclama del Rey era simplemente un llamamiento al pillaje; y el pillaje es, por decirlo asÃ, una cosa nacional en los Abruzos y en la Tierra de Labor. Cada uno empuña el fusil, el hacha, o el cuchillo, y se pone en campaña, sin otro objeto que la destrucción, sin otro móvil que el latrocinio, secundando a su jefe sin obedecerle, siguiendo su ejemplo, pero no sus órdenes.
Masas compactas habÃan huido ante los franceses; hombres sin organización marcharon a su encuentro. Un ejército habÃa desaparecido; un pueblo surgÃa del seno de la tierra.
Respecto a la capital, reinaba en ella una confusión espantosa. Una clase entera de la sociedad, la mezzo ceto, los que de por sà se llamaban patriotas y eran por los demás llamados terroristas, jacobinos, no salÃan de sus casas, por no exponerse al furor del pueblo.
