Historia de una cortesana

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LXXXIV

Fácilmente se comprenderá el efecto que en la ciudad y en las poblaciones rurales produjo la proclama del Rey y las predicaciones de curas y monjes.

Al hablar de los arrestos de jacobinos y de las ejecuciones de Manuel de Deo, Gagliani y Vitagliano, ya he dicho cuál era el espíritu de las clases media y superior de Nápoles; pero la clase formada por los lazzaroni, que era la más numerosa, pues acaso se elevaba a cien mil almas, estaba por el Rey, y miraba a los franceses como gente impía, herética y excomulgada.

La proclama del Rey era simplemente un llamamiento al pillaje; y el pillaje es, por decirlo así, una cosa nacional en los Abruzos y en la Tierra de Labor. Cada uno empuña el fusil, el hacha, o el cuchillo, y se pone en campaña, sin otro objeto que la destrucción, sin otro móvil que el latrocinio, secundando a su jefe sin obedecerle, siguiendo su ejemplo, pero no sus órdenes.

Masas compactas habían huido ante los franceses; hombres sin organización marcharon a su encuentro. Un ejército había desaparecido; un pueblo surgía del seno de la tierra.

Respecto a la capital, reinaba en ella una confusión espantosa. Una clase entera de la sociedad, la mezzo ceto, los que de por sí se llamaban patriotas y eran por los demás llamados terroristas, jacobinos, no salían de sus casas, por no exponerse al furor del pueblo.


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