Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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VIII

Aquellos que me hayan seguido en todas las fases de mi infancia, oscura e ignorante, podrán formarse una idea del efecto que produjo en mí esta representación de Romeo y Julieta, de que fueron intérpretes el trágico más grande que ha tenido Inglaterra y la más notable trágica que debía tener… Mi cerebro, impoluto como las páginas en blanco de un libro por imprimir, recibió todas las sensaciones de poesía, de amor, de piedad, de terror, encerrados en este admirable poema que, gravitando en mi alma, transportaron mis sentidos al más alto grado de entusiasmo y exaltación.

Tenía yo la misma edad de Julieta, y, como ella, era hermosa y apasionada. Me penetré de aquel amor súbito y exaltado que ella siente por el joven Montaigu, y que, presintiendo su cercana muerte, la impulsa a decir, el primer día, o más bien la primera noche que ve a su amante:

«¡Corre, nodriza, corre! Averigua si es soltero, porque de lo contrario, si es casado, te juro que un túmulo será mi lecho de bodas».

El señor Hawarden seguía en mi semblante los movimientos de mi corazón, y el profundo psicólogo leía en él todas mis impresiones; para el doctor constituía un estudio curioso con mezcla de esa dulce satisfacción que provoca la vista del placer o de la dicha que se proporciona.


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