JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo LXIII

A las tres y media de la madrugada volvió a su casa M. de Sartine, rendido, pero muy satisfecho de la fiesta que improvisó al rey y a madame Du Barry.

Por la llegada de madame la delfina, el entusiasmo popular había saludando a Su Majestad con muchos gritos de: ¡viva el rey!, pero con alguna templanza desde aquella famosa enfermedad de Metz, durante la cual se había visto toda la Francia en las iglesias o en peregrinación para rogar por la salud del joven monarca, llamado en aquel tiempo Luis XV el muy amado.

Por otro lado, madame Du Barry, que solía ser insultada en público por algunas aclamaciones de género particular, consiguió una favorable acogida contra lo que ella misma esperaba, por parte de muchas filas de espectadores; de manera que satisfecho el rey dirigió una leve sonrisa a M. de Sartine, y este estaba cierto de un buen agradecimiento.

Así, pues, creyó poder levantarse a las doce del día, cosa que no le había pasado hacía ya mucho tiempo, y había aprovechado al levantarse aquella especie de vacación que él mismo se otorgaba, para probarse una o dos docenas de pelucas nuevas, escuchando a la vez los partes de aquella noche, cuando al encasquetarse la decimasexta peluca, y al llegar a la tercera parte de la lectura, anunciaron al vizconde Juan Du Barry.


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