JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo LXVI

A los dos días de aquella noche tempestuosa, es decir, el 30 de mayo, tan fecunda en presagios y avisos, París celebró las funciones del casamiento de su rey futuro. La población entera dirigióse en su consecuencia a la plaza de Luis XV donde debían quemarse los fuegos artificiales, como complemento de toda solemnidad pública que el parisiense considera burlándose, pero del cual no puede privarse sin disgusto.

Con notable acierto se designó aquel sitio, pues hasta seiscientos mil espectadores podían circular por él sin temor de molestarse unos a otros. Rodeando a la estatua ecuestre de Luis XV estaban dispuestos varios tablados circulares, que permitían a todos los espectadores presenciar los fuegos, que se elevaban de diez a doce pies desde el nivel del suelo.

Según costumbre se fueron llegando en grupos los parisienses, e invirtieron mucho tiempo en buscar las mejores posiciones, pues este es un privilegio inatacable de los primeros concurrentes.

Subíanse los niños a los árboles, los hombres se colocaban en los pilares, y las mujeres en las barandillas de los fosos y andamios movibles levantados al aire libre por los especuladores bohemios que concurren a todas las fiestas de París, y a quienes una fecunda imaginación permite variar de tráfico cada día.


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