JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Tan pronto como los dos hermanos se colocaron en el banco, cuando serpentearon en el aire los primeros cohetes, y un grito de sorpresa salió de la multitud ocupada solamente del golpe de vista que iba a ofrecer el centro de la plaza.
Fue magnífico el principio de los fuegos, y digno en todo de la gran reputación de Ruggieri. Sucesivamente se iluminó la decoración del templo y presentó una fachada incendiada. Los aplausos resonaron; pero estos se cambiaron en bravos frenéticos cuando de la boca de los delfines y de las urnas de los ríos se lanzaron surtidores de llamas, que cruzaron sus cascadas de fuegos de infinidad de colores.
Andrea, transportada de admiración, no intentó siquiera ocultar sus impresiones a la vista de aquel espectáculo, que carece de equivalente en el mundo, el de un pueblo de setecientas mil almas rugiendo de alegría al encontrarse enfrente de un palacio de llamas.
Muy cerca de ella, oculto tras las espaldas hercúleas de un mozo de cordel que alzaba en el aire a su hijo, miraba Gilberto a Andrea, y sólo dirigía su vista hacia los fuegos artificiales, porque ella los miraba.
