JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo LXX

Si volvemos ahora a la casa de la calle Plastrière, donde M. de Sartine enviara a su agente, veremos en la mañana del 31 de mayo a Gilberto tendido sobre un colchón en la habitación de Teresa, y a esta y Rousseau acompañados de varios vecinos contemplando aquella triste muestra del gran acontecimiento que había estremecido a todo París.

Pálido y ensangrentado, Gilberto abrió los ojos, y, desde el instante en que pudo recobrar su razón, trató de incorporarse para observar cuanto le rodeaba como si aún se encontrase en la plaza de Luis XV.

Al principio expresó su semblante una profunda inquietud, que pronto se convirtió en indefinible alegría; poco después desaparecía esta bajo una nube de tristeza que nuevamente oscureció su rostro.

—¿Padecéis, hijo mío? —le preguntó Rousseau estrechando su mano con cariñosa solicitud.

—¡Ah! —dijo Gilberto—, ¿quién me ha salvado?, ¿quién ha pensado en mí, en un hombre abandonado y solo en el mundo?

—Amigo mío, ¡no habíais muerto!, y esto es lo que os ha salvado; ha pensado en vos, aquel que se acuerda de todos.

—Pero no dejaba de ser una imprudencia —murmuró Teresa—, el ir a mezclarse en semejantes barullos.


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