JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo LXXIII

Contemplaba a Andrea recostada en su ancha poltrona, con la cara vuelta hacia la puerta vidriera, esto es, hacia él. Aquella puerta estaba ligeramente entornada.

Un velón de ancho platillo, colocado en una mesa próxima cargada de libros, que revelaban la única distracción a que podía entregarse la hermosa enferma, iluminaba la parte inferior del rostro de la señorita de Taverney.

Pero cuando se recostaba algunas veces con el propósito de que su cabeza reposase sobre la cómoda poltrona, la claridad de la luz llegaba hasta su frente, que aparecía blanca y pura bajo su cofia de encaje.

Felipe, sentado junto a la poltrona, daba la espalda a Gilberto: tenía el brazo vendado, y se le había expresamente prohibido que lo moviese.

Era aquella la primera vez que Andrea se levantaba, y la primera también que Felipe salía de su aposento, de modo que estos jóvenes no se habían visto desde la noche de la espantosa catástrofe, pero mutuamente habían recibido noticias diarias acerca de su salud, y sabían ambos que se adelantaba por grados su convalecencia.


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