JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo LXXIV

Andrea, sola ya en su aposento, abandonó el sillón que hasta entonces había ocupado, y todos los miembros del pobre Gilberto se conmovieron.

En pie la joven, empezó a desprender con sus manos, blancas como el alabastro, todos los alfileres y cintas de su tocado, mientras que cayendo de sus hombros la ligera bata que la cubría, ponía al descubierto su torneado y gracioso cuello, su pecho palpitante y sus mórbidos brazos, que formando un arco sobre la cabeza, agregaban nuevos encantos a aquella preciosa garganta que ya no temblaba bajo la exquisita batista.

Arrodillado Gilberto y sin respiración, sentía afluir toda su sangre al corazón y a las sienes; un fuego inextinguible circulaba por sus venas, sus ojos se iban nublando poco a poco, y un murmullo febril, desconocido, resonaba en sus oídos; se encontraba efectivamente próximo al furioso delirio que precipita a los hombres en el horrible abismo de la locura, y ya se disponía a penetrar en el aposento de Andrea gritando:

—¡Oh!, ¡qué hermosa eres! Pero no envidies tu propia belleza, no la contemples orgullosa, porque me la debes a mí, porque yo soy quien te ha salvado la vida…


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