JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico El espíritu de observación de José Balsamo encontraba un campo amplio en cada detalle de esta existencia extraña y aislada, perdido en un rincón de la Lorena. Sólo el salero ya le revelaba toda una cara del carácter del barón de Taverney, o más bien, su carácter bajo todas sus caras.
Ya sea curiosidad o movido por otro sentimiento, Balsamo consideraba a Andrea con una perseverancia tal, que dos o tres veces, en menos de diez minutos, las miradas de la joven chica debieron encontrar los suyos. Primero, la pura y casta criatura aguantó esta singular mirada sin confusión, pero por fin su fijeza se hizo tal, que mientras el barón despedazaba un trozo con su cuchillo de la obra maestra de Nicolasa, una impaciencia febril, que le hizo montar la sangre a las mejillas, comenzó a apoderarse de ella. Pronto, sintiéndose turbada bajo esta mirada casi sobrehumana, trató de desafiarlo, y fue a ella, a su vuelta, quien miró al barón de sus grandes ojos claros y dilatados. Quedó otra vez vencida, y sus párpados inundados del fluido magnético que exhalaba la ardiente pupila de su huésped; se cerraron tímidos y pesados para no volverse a alzar sino vacilantes.
