JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico En la meseta de la colina que llegaron a alcanzar no sin trabajo nuestros tres botánicos, se alzaba un pequeño edificio de madera, cercado de nudosas columnas, cuyas paredes terminaban en punta, y cuyas ventanas aparecían tapizadas de enredaderas y de clemátides, verdaderas importaciones de la arquitectura inglesa, o más bien de los jardineros ingleses, los cuales intentan imitar a la Naturaleza, o por mejor decir, inventan una Naturaleza a su capricho, circunstancia que proporciona cierta originalidad a sus caprichos vegetales.
Bastante espacioso aquel pabellón para contener una mesa y seis sillas, se hallaba enlosado de ladrillos cuadrados cubiertos de finísima estera. Las paredes eran de mosaicos de piedras que había suministrado el ribazo del próximo río y de conchas marinas, porque las playas de Bougival y de Port-Marly no ofrecían a la vista del que contemplaba sus bellezas las conchas de Saint-Jaques, ni las nacaradas que únicamente se encuentran en Harfleur, en Dieppe o en los arrecifes de Sainte-Adresse.
