JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo LXXVII

Colacionaban en el elegante gabinete de Luciennes, el mariscal Richelieu y la condesa du Barry, donde ya vimos al conde Juan du Barry sorberse con gran descontento de su hermana una enorme cantidad de chocolate. La favorita se recostaba blandamente en un sofá cubierto de seda y recamado de flores de oro, mientras que se extremaba en estirar las orejas a Zamora, al paso que el viejo y astuto cortesano, exhalaba ayes repetidos de admiración a cada nueva actitud de aquella belleza encantadora.

—¡Oh, condesa! —decía con mil ridículos gestos—: Vais a despeinaros, y he ahí un broche que se os acaba de soltar. ¡Ah!, ya se os ha caído una chinela.

—¡Bah!, no hagáis caso de esas nimiedades, duque —contestó la condesa arrancando distraídamente a Zamora un mechoncito de sus crespos cabellos, y cayendo en el sofá más voluptuosa y seductora que Venus en su concha marina.

Poco sensible el negrillo a las coqueterías de su señora, rugió de cólera, pero ella le tranquilizó cogiendo de la mesa un puñado de confites, e introduciéndoselos en los bolsillos.

Zamora, no obstante, no se dio con tanta facilidad a partido, pues hizo una horrible mueca, volvió sus bolsillos y los vació, derramando los confites por el suelo.


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