JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Pero qué?
—No debo ocultaros que la empresa es difÃcil.
—¿Luego los Choiseul han echado raÃces que es imposible destruir?…
—Al menos están muy plantados.
—¿Lo creéis as�
—Con toda seguridad.
—De manera que a pesar de cuanto dice La-Fontaine, contra esa encina resultan vanos los esfuerzos del viento y de las tempestades…
—Ese ministro es un hombre grande.
—Perfectamente; ya os estáis expresando como los enciclopedistas.
—¿No pertenezco a la academia?
—¡Pertenecéis tan poco, duque!
—Veo que decÃs la verdad, pues mi secretario es quien pertenece a ella, y no yo. No obstante, persisto en mi opinión a pesar de todo.
—¿Y opináis que M. de Choiseul sea un genio?
—SÃ.
—¿En qué lo revela? Vamos… hablad.
—En que ha embrollado de tal modo a los parlamentos y a los ingleses, que el rey nada puede resolver sin su auxilio.
—¡A los parlamentos! ¿Pues no los alienta contra las prerrogativas reales?
—Sin duda, he ahà su grande habilidad.