JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Entró el rey al mismo tiempo en sus habitaciones.
M. de Richelieu rompió la fila de cortesanos y se precipitó a estrechar entre sus enjutas manos las del ministro, diciéndole:
—Ya hace mucho tiempo sé que un Choiseul tiene el alma muy pegada al cuerpo.
—¡Gracias! —respondió el duque, que sabÃa a qué atenerse.
—Pero ese rumor absurdo… —añadió el mariscal.
—Ese absurdo rumor ha entretenido mucho a Su Majestad —repuso Choiseul—. Hablábase de una carta…
—De una manifestación atribuida al rey, —observó el ministro, lanzando este apóstrofe a Juan du Barry, que no sabÃa que pensar.
—¡Bravo!, ¡bravÃsimo! —agregó el mariscal, dirigiéndose al conde, tan pronto hubo desaparecido el duque de Choiseul.
Volvió el rey a salir y dirigióse a la escalera al ministro.
—Pues, señor, nos han ganado la batalla —dijo el mariscal a Juan.
—¿Y a dónde van ahora?
—Al pequeño Trianón, a reÃrse de nosotros.
—¡Malditos sean! —exclamó Juan—. ¡Ah, dispensad, señor mariscal!