JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Eran las seis de la tarde.
En el mismo aposento de la calle de San Claudio, que ya han visitado en otra ocasión nuestros lectores, hallábase sentado Balsamo junto a Lorenza, despierta, y procuraba dulcificar por medio del convencimiento aquel espíritu que se mostraba rebelde a todas las súplicas.
Pero la joven le contemplaba de reojo como Dido[30] a Eneas[31], cuando este iba a abandonarla; únicamente hablaba para dirigirle reconvenciones y no extendía la mano más que para rechazarle.
Quejábase porque se encontraba presa, porque era esclava, porque no le era permitido respirar, y porque no podía admirar el sol. Por esta razón envidiaba la suerte de las más desdichadas criaturas, de los pájaros y de las flores, y llamaba a Balsamo su tirano.
Después, pasando de las reconvenciones a la ira, hacía añicos las preciosas telas que aquel le había regalado con el objeto de distraer con apariencias de coquetería la soledad que la había impuesto.
Por su parte Balsamo, la hablaba tiernamente y la contemplaba con amor, y se comprendía desde luego que aquella débil e irritable joven ocupaba un lugar muy importante en su corazón, ya que no en su vida entera.
