JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Llevaba la condesa completamente cubierto el rostro con un velo, pues tuvo el tiempo suficiente para entrar en su casa de París y ponerse un vestido propio de las señoras de la clase media.
Llegó en un fiacre al edificio de la calle de San Claudio en compañía del mariscal, quien se había vestido de color gris, como un criado principal de una gran casa.
—Señor conde —preguntó madame du Barry—, ¿me reconocéis?
—Perfectamente, señora condesa.
Richelieu continuaba algo apartado y Balsamo añadió:
—Tened la bondad de sentaros, señora, y vos también, caballero.
—El señor es mi mayordomo —dijo la condesa.
—Dispensad, señora —repuso Balsamo inclinándose—, el señor es el mariscal duque de Richelieu, a quien conozco muy bien, y que se mostrará muy desagradecido si me ha olvidado.
—¿Cómo así? —preguntó el duque algo turbado.
—Paréceme, señor duque, que los que nos han salvado la vida tienen algún derecho a nuestro agradecimiento.
