JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Y ese correo os dio una carta.
—Señor, ¿está prohibido que una hermana escriba a su hermano?
—Aguardad, aguardad: estoy enterado del contenido de esa carta.
—¡Oh!, ¡señor…!
—Aquà lo tenéis… me he tomado la molestia de copiarlo.
Y el rey mostró al duque una copia igual a la carta que este habÃa recibido.
—¡Señor! ¡Señor…!
—Duque no lo ocultéis: habéis guardado esta carta en una caja de hierro de vuestra misma alcoba.
Quedó lÃvido el duque como un cadáver.
—Hay más —prosiguió el rey sin compasión—, pues habéis contestado también a madame de Grammont, y sé lo que le habéis escrito: guardáis la carta en vuestra cartera y sólo esperáis el instante de salir de aquà para añadir una postdata en ella. Ya veis que estoy bastante instruido.
El duque enjugó su frente bañada de sudor frÃo, se inclinó sin contestar una palabra, y salió del gabinete, temblando y vacilante, lo mismo que si le hubiese atacado un accidente de apoplejÃa fulminante.