JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo VII

Ya que esta fanfarronada pareciera muy exagerada, o que no lo entendiese, el barón no perdió de vista a su hija hasta que desapareció. Después, cuando el eco de su clave le probó que estaba en la sala vecina, se decidió a despedir a aquel extraño huésped, y le propuso darle un guía que le condujera hasta la ciudad más próxima.

—Ahí tengo un matalón —dijo—, que aun cuando reviente llegará, y al menos estaréis seguro de dormir como corresponde. No quiero decir con esto que falte un cuarto y cama en Taverney; pero cada cual entiende a su manera la hospitalidad: tengo por divisa bien o nada.

—Luego ya veo me tratáis como a un importuno, y me arrojáis de vuestra casa —contestó Balsamo disimulando con una sonrisa el disgusto que aquella contrariedad le producía.

—¡No por Dios! Os considero un buen amigo, y daría pruebas de quereros mal, al permitir que pasaseis aquí la noche. Mucho siento verme obligado a expresarme con tanta franqueza; pero lo hago para descargar mi conciencia, porque os declaro que me habéis cautivado.


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