JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Cuando hubo llegado el rey a la meseta de la escalera, todavÃa conservaba asida de la mano a la señorita de Taverney; pero allà la dejó, saludándola con tanta cortesÃa, que Richelieu pudo ver bien el saludo, admirar lo gracioso que fue e interrogarse a sà mismo a qué afortunada joven irÃa dirigido.
No duró mucho su ignorancia, pues el rey cogió a la delfina del brazo, quien todo lo habÃa presenciado, conociendo perfectamente a Andrea, y le dijo:
—Hija mÃa, vengo sin cumplimiento alguno, a pedirte que me des de comer: para llegar hasta aquà he atravesado todo el jardÃn, y habiendo encontrado en el camino a la señorita de Taverney la supliqué me hiciera compañÃa.
—¡La señorita de Taverney! —murmuró Richelieu casi aturdido con aquel golpe imprevisto—. ¡A fe mÃa que no puedo estar quejoso de la suerte!
—De manera que no sólo no amonestaré a esa señorita por haber tardado —contestó la delfina con tono amable—, sino que le agradeceré el habernos traÃdo a Vuestra Majestad.
Andrea, tan encarnada como una de las cerezas que se hallaban en una frutera en medio de las flores se inclinó sin articular palabra.
