JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo XCII

Cuando hubo llegado el rey a la meseta de la escalera, todavía conservaba asida de la mano a la señorita de Taverney; pero allí la dejó, saludándola con tanta cortesía, que Richelieu pudo ver bien el saludo, admirar lo gracioso que fue e interrogarse a sí mismo a qué afortunada joven iría dirigido.

No duró mucho su ignorancia, pues el rey cogió a la delfina del brazo, quien todo lo había presenciado, conociendo perfectamente a Andrea, y le dijo:

—Hija mía, vengo sin cumplimiento alguno, a pedirte que me des de comer: para llegar hasta aquí he atravesado todo el jardín, y habiendo encontrado en el camino a la señorita de Taverney la supliqué me hiciera compañía.

—¡La señorita de Taverney! —murmuró Richelieu casi aturdido con aquel golpe imprevisto—. ¡A fe mía que no puedo estar quejoso de la suerte!

—De manera que no sólo no amonestaré a esa señorita por haber tardado —contestó la delfina con tono amable—, sino que le agradeceré el habernos traído a Vuestra Majestad.

Andrea, tan encarnada como una de las cerezas que se hallaban en una frutera en medio de las flores se inclinó sin articular palabra.


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