JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Marchaba M. de Richelieu en dirección a la casa que ocupaba M. de Taverney en la calle de Coq-Heron.
Pero gracias al privilegio que nos ha concedido el diablo cojuelo de poder entrar en las casas, se encuentren o no cerradas, sabemos nosotros antes que Richelieu, que sentado el barón frente de la chimenea y con los pies sobre unos inmensos morillos, debajo de los cuales se estaba consumiendo un tizón, sermoneaba a Nicolasa, tomándole de vez en cuando la barba, a pesar de las muecas que en señal de rebelión y desprecio le hacÃa la joven.
No aseguraremos si a Nicolasa hubiese acomodado mejor la caricia sin el sermón que el sermón sin la caricia.
Verdaderamente que la conversación giraba entre amo y criada sobre un punto importante; a saber, que a ciertas horas de la noche no acudÃa Nicolasa con exactitud al oÃr la campanilla, que siempre tenÃa alguna ocupación en el jardÃn o en el invernáculo, y que todo lo hacÃa mal, menos en los mencionados dos sitios.
A lo que contestaba Nicolasa volviéndose y revolviéndose con sin igual gracia y suma voluptuosidad.
—¡Tanto peor…!, yo me aburro aquÃ; además, ¿no se me habÃa ofrecido que irÃa a Trianón con la señorita?