JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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CapĂ­tulo XCV

ALEGRĂŤA PARA UNOS,

Y DESESPERACIÓN PARA OTROS

—Señorita, buenos días: soy yo —dijo Nicolasa haciendo una alegre reverencia, que no obstante no estaba exenta de inquietud, conociendo como conocía la joven el carácter de su ama.

—¡Vos!, ¿y a qué circunstancia se debe vuestra venida? —dijo Andrea soltando la pluma para seguir mejor la conversación que se entablaba de aquella manera.

—Señorita, vos me habéis olvidado, y yo he venido…

—Si os he olvidado, razones tendría para ello. ¿Quién os ha autorizado para que vengáis?

—El señor barón, señorita —contestó Nicolasa acercando con aire de descontento las dos hermosas cejas negras que debía a la generosidad de M. Rafté.

—En París os necesita mi padre, y yo para nada os necesito aquí. Podéis volveros, pues hija mía.

—¡Oh! —dijo Nicolasa—, vos señorita, no tenéis cariño a la gente… Yo creía que os habíais aficionado más a mí… ¡Y luego quiera una —agregó filosóficamente Nicolasa—, para que se lo paguen de este modo!

Y sus rasgados ojos hicieron los mayores esfuerzos para procurar atraer una lágrima a los párpados.


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