JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico A la mañana siguiente del dÃa en que la terrible sentencia del parlamento puso en conmoción a ParÃs y Versalles; cuando todos estaban en expectativa a fin de saber qué consecuencias ocasionarÃa dicha sentencia, el duque de Richelieu, que se habÃa trasladado a Versalles, entregándose nuevamente a su vida un sà es no es irregular, vio entrar en su aposento a Rafté con una carta en la mano. El secretario olÃa y pesaba aquella carta con una intranquilidad que no tardó en comunicarse a su amo.
—¿Qué es eso, Rafté? —preguntó el mariscal.
—Monseñor, una cosa poco satisfactoria, a lo que imagino.
—¿Y por qué te lo imaginas?
—Porque la carta procede del señor duque de Aiguillon.
—¡Ah!, ¡ah! —dijo el duque—: ¿De mi sobrino?
—En efecto, señor mariscal; al salir del consejo del rey un conserje de cámara ha venido a entregar este pliego para vos; y ya hace diez minutos que le estoy dando vueltas, suponiendo, no sé por qué, que debe encerrar alguna mala noticia.
El duque extendió la mano, diciendo:
