JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo XCVIII

A la mañana siguiente del día en que la terrible sentencia del parlamento puso en conmoción a París y Versalles; cuando todos estaban en expectativa a fin de saber qué consecuencias ocasionaría dicha sentencia, el duque de Richelieu, que se había trasladado a Versalles, entregándose nuevamente a su vida un sí es no es irregular, vio entrar en su aposento a Rafté con una carta en la mano. El secretario olía y pesaba aquella carta con una intranquilidad que no tardó en comunicarse a su amo.

—¿Qué es eso, Rafté? —preguntó el mariscal.

—Monseñor, una cosa poco satisfactoria, a lo que imagino.

—¿Y por qué te lo imaginas?

—Porque la carta procede del señor duque de Aiguillon.

—¡Ah!, ¡ah! —dijo el duque—: ¿De mi sobrino?

—En efecto, señor mariscal; al salir del consejo del rey un conserje de cámara ha venido a entregar este pliego para vos; y ya hace diez minutos que le estoy dando vueltas, suponiendo, no sé por qué, que debe encerrar alguna mala noticia.

El duque extendió la mano, diciendo:


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