JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico EL SOLIO DE JUSTICIA
Y EL DISCURSO DE SU MAJESTAD
Verificóse el famoso solio de justicia con todo el ceremonial que exigían, el orgullo real por una parte, y por otra las intrigas que incitaban al soberano a dar aquel golpe de Estado.
Las tropas pusiéronse sobre las armas, mandándose que una profusión de arqueros vestidos con una ropilla corta, varios soldados de la ronda y muchos agentes de policía, escoltasen al canciller, quien, como un general en un día decisivo, iba a exponer su sagrada persona por el buen éxito de la empresa.
Era profundamente odiado el señor canciller: sabíalo, y si su vanidad podía hacerle temer un asesinato, los hombres mejor informados de los sentimientos del público acerca de él, podían anunciarle sin exageración, que sufriría una buena afrenta, o a lo menos algunos silbidos.
Tan poco honrosa acogida estaba reservada a M. de Aiguillon, a quien el pueblo rechazaba silenciosamente por instinto un tanto perfeccionado con los debates del parlamento.
