JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Advirtió Rousseau que las conversaciones entre los concurrentes eran muy discretas y limitadas; muchos ni siquiera movían los labios, y apenas se cruzaban algunas frases en tres o cuatro parejas.
Los que callaban, procuraban ocultar su rostro, lo cual no era muy difícil, gracias a la gran masa de sombras que proyectaba la estrada del presidente a quien esperaban.
Dicha estrada era, pues, un refugio para los tímidos.
Pero en cambio dos o tres individuos de la corporación estaban en constante movimiento para ver si conocían a sus colegas, yendo y viniendo, hablando entre sí y desapareciendo frecuentemente por una puerta disimulada con una cortina negra sembrada de rayas encarnadas.
Oyóse a poco una campanilla y entonces abandonó un hombre pura y simplemente la esquina del banco en que estaba confundido con los demás masones, tomando asiento en la estrada.
Hechos algunos signos con la mano y los dedos, signos que repitieron todos los asistentes, y a los que agregó él otro más explícito que los demás, declaró abierta la sesión.
