JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Balsamo salió al encuentro de la joven, que tan firme en su marcha como la efigie del Comendador, habÃa llegado hasta su aposento sin apartarse en nada de la lÃnea recta.
Por sorprendente que esta aparición fuese, para cualquier otro, no causó ningún asombro a nuestro desconocido.
—Os he mandado dormir —le dijo—; ¿habéis obedecido?
Andrea suspiró y no contestó.
Acercóse entonces Balsamo, amontonó sobre ella más cantidad de fluido.
—Deseo que habléis —le dijo.
Al escuchar esta orden, Andrea se estremeció.
—¿Me habéis oÃdo bien? —preguntó el extranjero.
La joven hizo un signo afirmativo con la cabeza.
—¿Y por qué no habláis?
Andrea llevó su mano a la garganta, expresando que no podÃa pronunciar las palabras.
—Bien —dijo Balsamo—, sentaos.
Cogióla de la misma mano que poco antes besara Gilberto, sin que ella lo advirtiese, y a este leve contacto, sufrió la misma conmoción que un momento antes habÃa experimentado al recibir el poderoso fluido.
