JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Ah!, de la verdad pasáis al sofisma, pero ya os he dicho que ese es un defecto en vos. Dios presta el alma al cuerpo, es cierto, pero también es verdad que en el tiempo en que el cuerpo retiene al alma, hay unión entre ellos, influencia del uno sobre el otro, supremacÃa de la materia sobre la idea, o de la idea sobre la materia, según ha consentido Dios por miras que nos son desconocidas, que el cuerpo mande o que mande el alma, también es verdad; pero el aliento que anima al pordiosero es tan puro como el que da la vida al monarca. He aquà el dogma que debéis predicar, vos que os consideráis apóstol de la igualdad.
Marat no sabÃa qué responder, hasta que al fin murmuró:
—SÃ, en esto debe de haber alguna cosa sobrenatural.
—Por el contrario, natural; no llaméis sobrenatural a todo lo que se desprende de las funciones y el destino del alma, porque estas funciones son naturales. Si dijerais que son desconocidas, eso serÃa diferente.
—No lo son para nosotros, maestro, pero para vos no deben ser un misterio. Los peruanos desconocÃan el caballo, y no obstante era familiar a los españoles, que lo habÃan domado.
—SerÃa orgullo en mà manifestar que sé, y soy más humilde que todo eso, señor Marat: lo que afirmo es que creo.