JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico La señora Grivette entró.
Vamos a bosquejar su retrato. Era una mujer alta y seca, de treinta y dos a treinta y tres años, de color amarillento, con ojos azules ribeteados de negro, tipo horrible del deterioro que sufren en París, merced a la miseria, a una asfixia constante, a la degradación física y moral, esas criaturas a quienes Dios hizo bellas, y que hubieran sido magníficamente hermosas de haberse desarrollado por completo, como lo son en este caso todos los seres que pueblan el aire, el cielo y la tierra.
Así, pues, la portera de Marat hubiera sido una mujer hermosa si desde la edad de quince años no hubiese vegetado en un zaquizamí sin ventilación ni luz, y si el fuego de sus instintos naturales, sostenido por el calor de aquel horno en el verano, y nevera en el invierno, hubiese ardido siempre con tiento. Por lo demás tenía unas manos largas que el hilo de la costura había llenado de cortaduras, que el agua de jabón del lavadero había agrietado, y que las brasas del fogón habían tostado y curtido; pero a pesar de todo esto, se adivinaba en las formas de aquellas manos, esto es, en el rastro indeleble del músculo divino, que se habrían llamado manos de reina, si en lugar de las ampollas que deja la escoba hubiesen tenido las que imprime el cetro. ¡Tan evidente es que el pobre cuerpo humano no es sino la insignia de nuestra profesión!
