JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Luego que hubo salido el gentilhombre, Rousseau, exhalando un suspiro, se dejó caer en un sillón, y dijo en tono lánguido:
—¡Oh!, siempre molestándome la gente con sus persecuciones.
Teresa, que entraba a la razón, cogió estas palabras al vuelo, y poniéndose enfrente de Rousseau, le dijo:
—¡Miren el orgulloso!
—¡Yo orgulloso! —replicó Rousseau sorprendido.
—Sí, orgulloso e hipócrita.
—¿Yo?
—Tú… estás satisfecho porque vas a la corte, y disfrazas tu alegría con una fingida indiferencia.
—Como quieras —añadió Rousseau encogiéndose de hombros, pero humillado al ver que le conocían tan bien.
—Sí, que me vas a hacer creer que no es para ti una honra insigne que el rey escuche las melodías que tocas aquí como un holgazán en tu manicordio.
Rousseau miró a su mujer con ojos encendidos, y le dijo:
